The “in between”

Cuando llevas dieciocho años viviendo en una de las ciudades más bonitas y ajetreadas del mundo, no puedes evitar aprovechar cualquier oportunidad que se te presente para escaparte a algún pueblo remoto, donde la comida y la gente son igual de exquisitas y los edificios hasta el cielo son leyendas urbanas. Para mí ese paraje de calma era una pequeña ciudad de olivos y arrozales al sur de la bella Catalunya, de donde, no casualmente, son mis dos cuñadas. Los viajes hasta allí me aseguraban juntarme con gente maravillosa con quien compartiría lágrimas de risa y momentos imposibles de capturar en una foto. Y después de varios años, iba a pasar un fin de semana allí. Pero no pretendo describir paisajes ni hacer una entrada digna de enciclopedia porque, sinceramente, creo que google haría un trabajo mejor que yo.

No, creo que tengo algo mucho más interesante y, según se mire, bastante más confuso para contar. Empezaré diciendo que de entre todas esas personas que he podido ir conociendo a lo largo de los últimos diez años, muchos de los cuales hasta hoy puedo llamar amigos, hubo un ser en particular con quien me fue especialmente fácil conectar. Mentiría si dijera que hablamos todos los días o que nuestro contacto es frecuente, pero, honestamente, no es necesario, no con él. Sí, estoy hablando de mi amigo Donnie. Si tuviera que escoger tres adjetivos para describirlo, esos serían inteligente, cariñoso, inocente; pero cualquier cosa que yo pudiera decir se quedaría corta, nadie puede describir con solo tres palabras a una persona a quien tiene tanto aprecio como yo le tengo a él. Sin embargo, este tipo de personas son pisoteadas en el mundo tan egoísta en que vivimos, y él no ha sido una excepción. Pero volviendo al tema, hablar con Donnie era tan sencillo y natural como respirar, reír era lo que mejor y más hacíamos, y, para qué me voy a engañar, siempre pensé que esta conexión trascendía a algo más; de alguna forma, siempre estaba en mis pensamientos, como una fuerza invisible que se apoderaba de mí, me sentía inevitablemente atraída hacia su mundo.

Así pues, aprovechando a que ese fin de semana iba a volver a mi paraíso particular, no tenía sentido no vernos, no era capaz de pensar en otra cosa, y no sabía por qué la expectativa de unas copas con él parecía ser mi motivación para esos días. El Viernes,  la velada empezó, y acabó, con unas cervezas artesanas en un local del casco antiguo de una pequeña localidad, un lugar con mucho encanto y con aspecto post apocalíptico a partir de las diez de la noche. Por otro lado, también acabó conmigo derramándome encima la última copa de cerveza que me iba a beber, porque entre mis muchos talentos está el de tirar y romper cosas con la expresividad física de mi cuerpo. Aunque los detalles de ese bochornoso momento no son importantes, creedme.

Cuando decidimos poner fin a la velada e ir rumbo a casa, él sugirió sentarnos en un banco a tomar un poco de aire fresco y despejarnos; al fin y al cabo, habíamos bebido cuatro cervezas cada uno, o tres en mi caso. Y fue en ese instante, sentados en aquel banco, en el silencio de la noche, con el aire frío azotándonos la cara, cuando él empezó a contarme el más oscuro de sus secretos. Mi única reacción fue quedarme allí sentada, absorbiendo cada frase, cada palabra, cada pausa, viendo cómo parecía hacerse más pequeño, cómo se mostraba tan vulnerable, cómo su corazón y su mente, dándose por vencidos, me mostraban a mi amigo como nunca antes lo había visto, triste y pidiendo desesperadamente ser amado por quien era él.

Y después de una conversación de más de dos horas, nos pusimos en marcha. Fue un trayecto en silencio, habíamos intercambiado las frases necesarias en los momentos adecuados. Cuando por fin llegamos, se bajó del coche y me acompañó hasta la puerta. Creo que podéis imaginar que no hubo solo un “buenas noches”, por supuesto que no. En aquel momento, me besó y, puedo decir, que fue uno de los besos más sinceros y más dulces que me han dado nunca, un beso que decía “esto es todo lo que necesito ahora mismo”.

Sin embargo, no puedo evitar pensar que quizá fue un error, no estaba siendo realista en cuanto a lo que eso significaba. Estaba ante un Donnie que había sufrido y que estaba roto, habían jugado con sus sentimientos, y veía tristeza en sus ojos. Y me pregunto, ¿fue mi beso una demostración de mi aprecio hacia él o el hecho de ver a mi amigo destrozado, despertó en mí una llamada heroica a acabar con su sufrimiento, costase lo que costase?

 

Y así es, la vida según Evangeline.

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