Life in seasons

En la maravillosa y siempre sorprendente ciudad de Barcelona, mires donde mires, encuentras inspiración; en los arcos góticos de la catedral, en las extravagantes fachadas de Gaudí, en las miles de luces de colores que adornan las calles, en la contraposición de estampados que crean los edificios nuevos con los modernistas, en las atestadas aceras del centro donde cientos de personas se cruzan sin saber de las historias de aquellos que se encuentran de frente. ¿Cuáles son sus motivaciones para levantarse de la cama cada día? ¿Cuáles son sus miedos? ¿Y sus pasiones ocultas?  Y es por eso que no he podido evitar pensar en todas esas historias que, como la de muchos, pasan inadvertidas y se quedan en un mar de palabras que nunca serán descifradas.

Yo, Evangeline, como parte de esa multitud de gente que anda, a veces, sin un rumbo fijo por este intrigante y, a menudo, retorcido camino llamado vida, tengo una pasión nada oculta que necesito compartir con el mundo, o con vosotros, en este caso…

Los colores. Sí, habéis leído bien. Si de algo estoy orgullosa en mi alocada y poco predecible forma de ser, es de ser apasionada de todo aquello que reluzca miles de tonalidades de cientos de colores diferentes. Por supuesto, creo que todos necesitamos algo que nos haga sentir seguros, que nos destaque de la inmensa mayoría, que nos identifique en un montón que pasa desapercibido, que grite a los cuatro vientos que hemos venido pisando fuerte y que “esta y así soy yo”. Pero no penséis que me falta una vuelta de tuerca y que cada día me despierto con ansias de embadurnarme cara y cuerpo con pinturas de colores. Lo que busco es expresarme, no que me arresten por desorden público. Por supuesto me refiero a la ropa, ese maravilloso escudo exterior que escogemos para representar quiénes somos por dentro. Sin embargo, a diferencia de lo que decido llevar en mi día a día desde hace ya más tiempo del que recuerdo, no siempre he hecho caso a mi arcoiris interior.

Y es que, cuando estaba en esa etapa confusa de mi vida en donde no sabía quién era aún, y mantenía una lucha interior para averiguar qué era lo que me definía como ser, donde todos a mi alrededor me decían que debía ser y vestir de forma responsable, siempre con colores neutros, manteniendo una apariencia profesional, al fin y al cabo, no quería parecer inmadura o infantil, me perdí en mi búsqueda y acepté aquello que recibía de los demás, pensando que ellos me conocían mejor que yo misma. Y me bombardeaban con expresiones como “nadie te tomará en serio si te vistes así”. Cuando ese es el único “input” que recibes día sí, día también, acabas creyendo que todos tienen razón, que tienes que callar esa voz interior que te dice que llevar colores es una forma de expresarte como individuo. Al final, te acabas convirtiendo en un ser de color gris, imposible de distinguir de una multitud, sin espíritu, un alma errante en un mar de azules y negros.

Sin embargo, un día tomé una decisión que cambió por completo mi forma de ver la realidad. Decidí que no iba a dejar que nadie me dijera qué colores podía o no podía llevar, decidí que lo que me dictaba mi espíritu era más importante que cualquier cosa que pudiera decirme un desconocido, que movería mi falda de colores al compás del viento sin remordimientos. En definitiva, decidí que si alguien tenía algún inconveniente con mi elección de colores, sería problema suyo, no mío.

Pero como es normal, nosotros, al igual que los años, bailamos al son de épocas y estaciones, mudamos de piel y nos convertimos en otras personas con nuevos propósitos, salimos de la crisálida y decidimos volar con nuestras recién estrenadas alas. Yendo al grano, compramos ropa nueva y nos deshacemos de aquella que ya no nos vale o no nos gusta. Pero, ¿qué pasa cuando eres incapaz de deshacerte de aquella ropa que, por más que lleves años sin usar, plantea toda una sucesión de posibles realidades en un futuro cercano inexistente? ¿Y si llegado el momento de ponerme aquel jersey con estampado de zorros, resulta que ya no lo tengo porque un día, tomando decisiones a lo loco, creí no volver a necesitarlo más? ¿Qué pasaría si venía la reina de visita?

Y me encontré plantada delante de mi armario, incapaz de deshacerme de aquellas prendas que, no solo ya no reconocía como mías, sino que sabía que ya nunca volvería a usar. Me creí muy valiente a la hora de escoger aquellas piezas de ropa que iba a meter en una bolsa y no ver nunca más pero, a la hora de la verdad, mi alter ego cobarde me hizo dudar de todo aquello que me había costado tanto lograr. ¿Por qué, de pronto, una tarea tan sencilla me ponía tan nerviosa? ¿Por qué me había aferrado a aquellas prendas de forma casi desesperada? ¿Tenía miedo de no tener la oportunidad de decidir no ponérmelas? ¿O es que me estaba deshaciendo de aquella persona que todos me demandaban ser?

Y así es, la vida según Evangeline.

 

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