New year, new me?

En la invernal, fría y soleada Barcelona… Así es como he empezado siempre mis escritos y como debería empezar este también. Pero la verdad es que hoy os vengo a abrir un poco mi corazón, a compartir algunas de las pequeñas batallas interiores que enfrento en estos últimos días debido a un gran cambio. Espero que disculpéis mi sentimentalismo, pero es Enero y se aproxima la temida cuesta, así que podría decirse que si no hago esto, estaría desentonando con el resto del mundo. No es que me quite el sueño querer hacer lo mismo que los demás, pero es mi deber aprovechar las oportunidades que se me plantan delante.

Hace cosa de unos casi nueve meses, conocí al que actualmente es mi novio (aunque esa es otra historia, porque no es el punto central de mi relato de hoy). Como sabéis, yo soy de Barcelona, pero él es de Madrid. Si conocéis un poco la geografía de España (y del mundo, en general), podréis daros cuenta, de forma inmediata, de que no se puede quedar una tarde de un día cualquiera a tomar un café o disfrutar de un refrigerio si dos personas viven en esas dos localidades, respectivamente. Por lo tanto, la situación era sostenible hasta cierto punto y permitida hasta cierto tiempo. En un momento u otro, alguno de los dos tendría que ceder. En algún momento u otro, alguno de los dos tendría que tomar una decisión.

Después de bastante tiempo considerándolo, decidí ser yo quien optara por cambiar de ciudad por amor. Decidí dejar atrás la mayor parte de mi vida: a mi familia (incluyendo a mi gato porque, sí, es parte de mi familia), a mis amigos, la comunidad de mi iglesia (una segunda familia para mí). Y sin contar a las personas que me han moldeado durante casi 19 años, los lugares que me han visto crecer y madurar: el carrer Tallers, la playa del Poblenou, el barrio del Clot y el carrer Rogent, la Plaça Catalunya, el Passeig de Gràcia. Y ni hablar hace falta de la cultura catalana que lleva arraigada en mí la mayor parte de mi vida en esta tierra. Pero, por más que cueste, esas son cosas que, aunque no se olvidan, se superan en el proceso de adaptación aunque la nostalgia, en muchas ocasiones, pegue fuerte.

Pero, ¿qué pasa cuando necesitas un abrazo de tu madre? ¿O compartir un desayuno con tu padre? ¿O una peli en el sofá, en una tarde de Domingo, con tu gato sentado en tu regazo? ¿Qué haces en ese momento en que te vuelves a sentir como una niña dejada a su suerte? Y así, yo Evangeline de 28 años, es como me sentí apenas puse mi pie en tierras madrileñas. Fue entonces cuando me di cuenta de la dependencia que llegué a crear con todo lo que me era familiar, y de que, por muy valiente y atrevida para el cambio que me pensaba, me daba pánico encontrarme rodeada de algo nuevo y empezar desde cero.

Sin embargo, conseguí superar la primera semana, no sin esfuerzo, y moldear mis barreras mentales, abriendo mi mente a algo nuevo que puede ser aterrador, pero sin duda mucho mejor de lo que yo espero.

Y así es, la vida según Evangeline.

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